viernes, 23 de julio de 2010

Empieza

Después de unos días abandonado te vuelvo a necesitar escribir.

No sé muy bien como empezar, pero ya lo estoy haciendo así que para adelante Laura.

El día 6 explotó el chupinazo. Ya comenzaban los sanfermines. Durante los primeros días de exaltación llegó mi decadencia. Parte de mi vida se alejaba, pero yo la sentía muy atada y no quería que existiesen las distancias. Un tiempo se dijo.

Ocurrió que yo no podía creer en esa distancia cuando veía que para mí ella seguía muy cerca. Decidí evadirme hacia tierras, que para mí, ayudan a olvidar mi vida en Pamplona: Candeleda.
El día 9 sin más dilación partí hacia el sur de Ávila. Aproveché que ese finde era el cumpleaños de una amiga de allá.
-¡Sorpresa!.- dije a mi fantástica amiga mientras nos fundíamos en un reconfortante abrazo.

Desde que vi su cara iluminarse por la ilusión aquel viernes, empecé a relajarme de verdad. Llevaba sin ver a mis Papanatas y Ladies desde Semana Santa. Necesitaba sus abrazos y vaciles. De verdad que durante mi estancia en el pueblo consiguieron que me volviese a reír como antes, con esa risa malvada que me sale...la que es de verdad y no fingida.

Pensaba que la vuelta a Pamplona iba a ser triste, pero al irme ya tenía presente que iba a volver en agosto.

Sabía que al regresar a mi ciudad, esa petición de distanciamiento se habría anulado. No soy adivina, pero había escuchado su voz con un tono de añoranza que me hizo recobrar la ilusión que en realidad nunca perdí. Por fin tuve claro qué es ser persona. Soy persona cuando ella me hace descubrir que la felicidad no siempre es algo momentáneo, sino continuo.

Por supuesto tampoco sabría qué hacer sin escuchar las voces de mis acompañantes en la rutina pamplonesa, los/as que siempre están aunque nos separen más de 500 kilómetros de distancia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario