sábado, 24 de noviembre de 2012

Regálaselo

Aquel regalo que pensaste, lo materializaste si era necesario, y entregabas a sus manos tu ilusión.

 Se dibujaban sueños gracias a dos pinceles. Las líneas que diseñaban la nueva realidad eran dos, solo esas dos. Un cuadro personalizado, incapaz de pintar en él cualquier otro pincel.

Se crearon pensamientos nacidos de dos mentes; fueron ellas quienes les dieron vida. Estos solo podían existir en el eclipse de dos sueños que se hicieran uno. Era la suma de que UNO más UNO daba como resultado UNO. No hacía falta nada más, solo dos para llegar al UNO, a la cumbre, al propio cénit, al éxtasis de toda existencia real, o incluso imaginaria.

Se conocieron horizontes marcados por el saber, pero también en ellos crecía el desconocimiento. Sus hojas revelaban cada día un nuevo secreto. Crecía miles y miles de hojas nuevas, verdes, llenas de esperanza por ser descubiertas, de que su misterio alumbrase el camino que condujese a otro horizonte.

Los pinceles, de la mezcla de colores en el agua, se quedaron negro. El tiempo también los secó. Ya no volvieron a dibujar. Los sueños despertaron y la realidad les cortó las alas. Los caminos ya solo tenía piedras; el desierto que se creó despojó el verde de las hojas, tal como hace otoño, que consigue arrojar al suelo todo lo que un día estaba aferrado a UNA sola rama, muchas hojas, pero que constituían UNA sola rama.

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