Ciertos animales lo temen, en sus gestos inmóviles se palpa la frustración de vivir para servir. La mirada de sus ojos está ausente, y eso refleja a quien lo mira. Espanta ese rostro curtido por los factores climáticos, con la tensión inmutable de su cuerpo serviría incluso para desgarrar carne. Preparado para estar a la defensiva.
Con la escusa de proteger y hacer el bien por los demás lo tienen engañado y vive esclavizado. No conoce más allá de lo que tiene en el perímetro que le permiten ver quienes lo colocaron ahí.
No puede sonreír, sus progenitores no lo crearon para eso. Tiene que cumplir con lo que le toca, con lo que le han marcado como meta desde que nació a partir de sobras.
Sus dedos son incapaces de tocar, no sabe qué es el tacto, está acostumbrado a tentar con manos nuevas porque no conoce, pero a la vez viejas por agarrar el viento, absorber la lluvia y servir de reposadero al sol.
Puede que esto le guste, pero es que es lo único que conoce, lo único que le han enseñado.
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